CURIOSIDAD LITERARIA SEPTIEMBRE: La hoja en blanco que creó la Tierra Media


   Muchas historias nacen después de años de planificación, de esquemas interminables, de personajes cuidadosamente perfilados y de mundos construidos hasta el último detalle, y luego está esta.

   Resulta que uno de los universos más fascinantes, complejos y reconocibles de la literatura fantástica comenzó, al menos en parte, con una hoja en blanco y un profesor corrigiendo exámenes.

Sí, como lo lees,  una hoja en blanco.

   Mientras muchos de nosotros probablemente habríamos respirado aliviados al encontrar un examen sin respuestas (menos trabajo que corregir), J.R.R. Tolkien hizo algo bastante más inesperado: tomó su pluma y escribió una frase que, aparentemente, apareció en su cabeza sin que él mismo supiera muy bien de dónde había salido:
"En un agujero en el suelo vivía un hobbit".

   Y aquí es donde empieza lo verdaderamente curioso, porque Tolkien ni siquiera sabía exactamente qué era un hobbit. La palabra había aparecido en su cabeza y ahora tocaba averiguar quién (o qué) demonios vivía en aquel agujero.

   Y si hay algo que caracteriza a Tolkien, además de su imaginación descomunal, es su pasión por las lenguas y las palabras. Así que aquella extraña criatura comenzó a crecer en su imaginación. ¿Cómo sería? ¿Dónde viviría? ¿Qué aspecto tendría? ¿Qué clase de vida llevaría alguien que habitaba en un agujero bajo tierra?...

   Una simple frase empezó a pedir una historia y aquella historia terminó convirtiéndose en El Hobbit.

   Lo fascinante es que, cuando pensamos en la Tierra Media, imaginamos mapas, lenguas inventadas, genealogías, pueblos enteros, criaturas fantásticas, batallas, leyendas y miles de páginas de historia. Parece imposible que semejante universo pudiera tener un comienzo tan pequeño, pero quizá ahí esté precisamente la magia.

   A veces una historia gigantesca comienza con algo que parece insignificante,una palabra,
una frase, una idea escrita en el margen de una hoja...

   El Hobbit fue publicado el 21 de septiembre de 1937, y el éxito de la novela llevó a Tolkien a trabajar en una continuación que terminaría creciendo hasta convertirse en El Señor de los Anillos y por eso septiembre me parece el momento perfecto para rescatar esta historia, porque mientras nosotros asociamos este mes con la vuelta a la rutina, el regreso a las aulas, los libros nuevos y ese inevitable síndrome de “¿cómo puede ser ya septiembre?”, resulta que una de las historias fantásticas más importantes de la literatura también tiene una pequeña conexión con ese mundo académico.

   Aunque hay un detalle importante: la fecha del 21 de septiembre corresponde a la publicación de El Hobbit, no al día exacto en que Tolkien escribió aquella famosa frase. La anécdota de la hoja en blanco procede de los recuerdos del propio Tolkien, pero no existe una fecha histórica que permita afirmar que aquella frase nació exactamente un 21 de septiembre y quizá eso hace que la historia sea todavía más bonita, porque no necesitamos saber el día exacto en que apareció aquella frase para saber lo extraordinario que ocurrió después.

   Lo que sí sabemos es que el 21 de septiembre de 1937 los lectores pudieron abrir por primera vez las páginas de El Hobbit y conocer a Bilbo Bolsón, un hobbit que vivía tranquilamente en Bolsón Cerrado y cuya vida estaba a punto de complicarse muchísimo.
Todo porque, en algún momento, Tolkien miró una hoja en blanco y decidió llenarla con una frase aparentemente absurda.

   Y yo no sé vosotros, pero cada vez que pienso en eso, miro mis propias hojas en blanco de otra manera, porque quizá una página vacía no es realmente un vacío, quizá solo esté esperando a que alguien escriba la primera frase. 

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